jueves, 1 de junio de 2017

Taller de Docencia IV: Un baúl abierto, ¿Qué hay adentro y qué afuera?

Una reflexión sobre la necesidad de este espacio:
Deseamos, esperamos, reflexionamos, sufrimos, lloramos, gritamos, callamos, abollamos fotocopias (que después tratamos de alisar lo más posible porque aunque nos rebelemos, tarde o temprano hay que leerlas), nos arden los ojos, dejamos de dormir bien, aprendemos, reímos, nos alegran los pequeños triunfos… Y resulta que un día nos damos cuenta de que llegamos al último año de la carrera que tanto nos hizo vivir, y sentimos mucho más: felicidad por estar por alcanzar una meta, miedo e incertidumbre por lo que vendrá después, una mezcla de tristeza y alegría por lo que dejamos atrás y por lo que está por venir, y… ansiedad, ¡mucha ansiedad!
Por suerte, existe un espacio específico que nos vincula directamente con la práctica y su reflexión crítica y teórica: el Taller de Docencia. Los talleres que se proponen a lo largo de los años de cursado permiten observar la realidad áulica, reflexionar sobre métodos, estrategias, problemáticas, sujetos; y también intervenir (en mayor o menor medida según el momento de la carrera). Por lo tanto, su existencia es de suma importancia, ya que brinda el espacio y las oportunidades para asumir las responsabilidades y desafíos que supone la práctica docente, estando aun en formación.
Llegado este último tramo, es importante recuperar todo lo vivido y experimentado, las lecturas, los autores, las teorías, al mismo tiempo que incorporar lo nuevo. Así surge el nombre de este blog: “Taller de Docencia IV: Un baúl abierto, ¿Qué hay adentro y qué afuera?”. Somos nuestros propios baúles de vivencias y al mismo tiempo, sus mejores guardianes. Lo interesante es que nos pensemos como baúles abiertos: un baúl abierto permite que ingresen cosas nuevas y también posibilita el revisar lo que ya hay dentro, mirar de nuevo, organizar unas cosas, esconder un poco más otras; y por supuesto, mostrar a otros lo que guardamos y custodiamos, a veces, con tanto celo. Estas son acciones centrales para una formación docente que debería ser constante, nunca cerrada y muy crítica.
Y como un baúl abierto permite mostrar lo que contiene, se habilita la apertura de este espacio con la sociabilización de un escrito sobre lo que implica la enseñanza de la Lengua y la Literatura en nuestros tiempos.

La enseñanza de la Lengua y la Literatura en tiempos de Cibercultura:
Viejos estereotipos vs nuevas posibilidades.
Parece una verdad obvia que enseñar Lengua y Literatura hoy, es todo un desafío. Las nuevas tecnologías instalan y habilitan constantemente nuevos espacios, códigos y formas para relacionarnos. Pero, lamentablemente, muchas veces se hace hincapié en una mirada negativa de esta nueva era tecnológica en relación a la educación en general, y a la Lengua y la Literatura en particular. Existe una creencia social que sostiene la idea de que las “computadoras” (redes sociales, internet, páginas web, en definitiva, todo lo que involucra este “tercer entorno” en palabras de Echeverría) han desplazado la literatura, que hoy “ya no se lee como antes”, que es imposible que los alumnos agarren un libro, y que cada vez “se escribe peor”. Pero ¿no será que se lee más que antes y distintas cosas?, ¿no será que se habilitan nuevos códigos de lecturas y escrituras que mientras son accesibles para unos, son excluyentes para otros? Reflexionemos entonces sobre algunas consecuencias y repercusiones que tienen determinadas transformaciones surgidas a partir de este tercer entorno, en la enseñanza de la Lengua y la Literatura:
Hoy, el saber se encuentra disponible y accesible para la gran mayoría en diversos formatos y soportes. Ya no se encuentra en un único lugar (como una biblioteca por ejemplo) ni en una única figura (la del docente, la del experto). El acceso a la literatura se ve muy beneficiado por la posibilidad de fotocopiar libros (sin necesidad de comprarlos) y de acceder a obras y textos digitalizados, aunque esto da pie a un gran debate: ¿es lo mismo leer desde un libro y leer desde una pantalla? Aunque para muchos sí (el contenido no cambia, dicen), para otros no: prefieren el olor a libro, nuevo o viejo, entre sus manos; los ojos acostumbrados a un formato, se cansan rápido frente al otro, y hay quienes no superan no poder dar vuelta la hoja con el dedo. Más allá de esto, lo importante es saber “explotar” esta posibilidad de acceso (casi ilimitado) a la literatura.
Esta amplitud en el acceso al conocimiento, tiene como consecuencia una disminución en el uso de la memoria: una excesiva confianza en la disponibilidad de los materiales, puede conducir a una despreocupación por fijar el contenido y por atender las explicaciones de un docente. La memoria del contenido da lugar a la memoria del lugar en donde se encuentra el contenido (recordar qué libro, qué fotocopia, qué archivo es el que necesito) Al mismo tiempo, el acceso fácil y rápido a distintos materiales puede influir positivamente en erradicar aprendizajes memorísticos carentes de reflexión sobre, por ejemplo, fechas de publicación de determinadas obras, años de ediciones, nombres de traductores: el material accesible posibilita una mejor manipulación del conocimiento, una mayor reflexión y acceso a datos contextuales de cualquier obra (además de muchísimos textos críticos que dan herramientas al propio análisis)
En cuanto a tiempos y espacios de lectura y escritura, las nuevas tecnologías posibilitan a quienes las disponen, de poder leer y escribir cómo y dónde quieran, eligiendo el soporte que más agrade o al que más puedan acceder. La posibilidad de obtener libros descargables en formato PDF, permite que se pueda leer en el momento y el lugar en que se quiera y pueda, no sólo en el aula. Aunque, si se lo conserva como archivo y no se le hace una impresión, la condición es, vale la pena recordarlo, tener disponible una computadora y energía eléctrica (todo avance tiene sus límites) Lo mismo para la escritura. Además, el entorno digital permite recuperar la dimensión social de estas actividades: posibilita sociabilizar escritos personales e interpretaciones y sugerencias de lecturas. Al mismo tiempo, se facilita también un encuentro personal, individual con el texto o con el soporte de escritura elegido: es posible que cada alumno acceda a su propio texto sin necesidad de compartir una instancia de lectura “obligada” con otros por no disponer de suficientes obras para una lectura individual.
Entonces ¿qué supone enseñar Lengua y Literatura hoy, en este contexto?
Principalmente, supone dar cabida a la tecnología dentro del aula, autorizar su ingreso, porque sin pedir permiso, ella ya está interviniendo en el espacio de aprendizaje: de hecho, interviene desde el momento en que empieza a influir y moldear el pensamiento de alumnos y docentes (no necesariamente desde dentro del contexto escolar).
Ciertamente, en esta profesión hay pocas certezas: todo está sujeto al cambio y depende de condiciones, sujetos y situaciones específicas, lo que hace a la falta de fórmulas universalmente válidas (deseadas por muchos, pero cuya existencia realmente quitaría todo atractivo a la labor). A pesar de esto, una certeza innegable es que este tercer entorno nos rodea, marca, influye e irrumpe en nuestra cotidianidad y que, por lo tanto, no tiene sentido el ofrecer resistencia a algo a lo que no podemos impedir que forme y deforme nuestro contexto y nuestra propia forma de ser. Ya lo señala Echeverría (2016): “Ese nuevo espacio de interacción social no sólo incide en la vida pública, sino también en la vida íntima y en las actividades privadas”
Por lo tanto, si este tercer entorno ingresa a las aulas invadiéndonos, siendo impertinente, sin pedir permiso, la idea es ver qué posibilidades nos brinda para la enseñanza de nuestra área. Creo que en esto radica la mayor incertidumbre: los que estamos dispuestos a abrirles las puertas a las herramientas tecnológicas, muchas veces carecemos de un cómo: ¿cómo las incorporamos a la enseñanza de la Lengua y Literatura, más sabiendo que muchos las consideran esferas opuestas?, ¿cómo podemos poner en práctica las nuevas formas de lectura?, ¿cómo habilitar dentro del aula los nuevos formatos de escritura?, ¿cómo usar los espacios ciberculturales para propiciar la producción y publicación de escritos y lecturas personales? Lo importante es que esto no nos paralice: a partir de la práctica, los ensayos y los errores es que se aprende. De esto se desprende una segunda certeza: para enseñar desde este tercer entorno se requiere de una alfabetización específica, tanto para el docente como para el alumno, vinculada con el conocimiento de distintas herramientas tecnológicas y su manejo, espacios sociales de intercambio, formatos de escritura y lectura, códigos de comunicación.
Hay que reconocer además que este tercer entorno puede potenciar nuevas habilidades, competencias y capacidades respecto a la escritura y la lectura. No creo conveniente pensar que las “computadoras” desplazan la lectura (de hecho, se expuso que hay una gran disponibilidad de textos digitalizados), o que atentan contra las reglas de la escritura. Más bien pensemos que hay nuevos modos de leer y escribir, distintos a los que estamos acostumbrados y que no por eso son formas carentes de valor, aunque tampoco deben sustituir por completo a las anteriores. 
La enseñanza de la Lengua y la Literatura en tiempos de cibercultura supone todo lo ya dicho y mucho más: creatividad, imaginación, una mirada crítica y abierta frente a lo nuevo, la aceptación de la necesidad de siempre continuar en la formación de lo que se desconoce (y de lo que se conoce también, pues nada es abarcable en su totalidad, siempre quedan lecturas, textos y autores fuera de nuestro alcance)
Para concluir, basta decir que enseñar en sentido amplio, es siempre un desafío. Lo es hoy, lo fue ayer, y lo será mañana. Si el desafío es mayor o menor no importa. La resistencia y la comodidad son enemigas de los cambios. Por eso siempre va a ser mejor mantener una postura abierta (dejar abierto el baúl) para probar y elegir.